Es motivo de satisfacción, para Crear en Salamanca, publicar algunos textos inéditos de Álvaro Alves de Faria (São Paulo, 1942), uno de lo mejores poetas brasileños actuales, ganador de numerosos premios. Los mismos han sido extraídos del volumen titulado Decíamos Ayer, antología del XVI Encuentro de Poetas Iberoamericanos realizada por Alfredo Pérez Alencart, poeta, profesor de la Usal y director del Encuentro. También, la mayoría de ellos, acaban de ser publicados en la antología suya, titulada “Alma Afligida” (Trilce Ediciones, 2013, también con traducciones de Alencart). No publicamos más datos bibliográficos, pues en Salamanca existe toda una antología dedica a él, “Habitación de olvidos” (Edifsa, 2007), con motivo del homenaje que se le tributó durante el X Encuentro de Poetas.
Así escribe Álvaro, como anticipo:
Pido disculpas a los amigos
y a los tres ángeles que hoy viven conmigo
y conmigo hablan en silencio
en medio de las noches y de las tempestades.
Debí haberme matado a los 37 años.
De allá para acá fueron años que no conté,
sólo anduve perdido de mí,
como si ya nunca existiese.
Así escribe sobre él, A. P. Alencart, como pórtico de la antología “Alma Afligida”, que se presentará en el Centro de Estudios Brasileños de la Usal, el miércoles 2 de octubre a las 17,30.
ALVES DE FARIA: EL OTRO, EL MISMO
Si existe un poeta necesario en la actual poesía brasileña, ése es Álvaro Alves de Faria. Y eso a pesar de él mismo, de sus aflicciones, de sus temores, de sus dudas existenciales, de sus destierros en su propia patria (en su propio Estado, en su propia ciudad, en su propio barrio, en su propia casa…), de sus penúltimas renuncias al quehacer lírico : lo suyo es Poesía que va mutilando la anémica palabrería para que solo quede aquello que no derrumba al hombre: su propia conciencia de fugacidad, de ser Otro siendo él mismo, de vivir a la sombra del futuro, renuente a aceptar la rampante mediocridad que se ha instalado por doquier…
Alves de Faria pertenece a la ciudadanía del milagro poético,
tan escaso como en los Evangelios. Pocos son los elegidos, y él, tan descreído, con sus versos atraviesa tinieblas cuaternarias y demás murallas levantadas para evitar su nombradía : así destila lo más íntimo que atesora, pero también aquella voz que resulta Universal, plena de pensamientos e imágenes que impactan a quien lo lee o escucha.
¿Es difícil ser extranjero de tu propio cuerpo y de tu propio yo?
Lo será para la mayoría, no para este expoeta, quien con suma facilidad transita por el reverso de los espejos, tocando otros horizontes de donde extrae la vida inabarcable, esa que suele estar en el atrás de la memoria.
De la movediza realidad, siempre dual y contradictoria, nos habla este Poeta que nació y vive en São Paulo : de la suya que clama contra sí, pero también contra los insaciables : prefiere desenvainar la espada e ir desprendiéndose de partes del cuerpo; más nunca se va del todo porque es un Poeta que siempre está de guardia, atento a los parabienes y sinsabores de su humano destino.
Su Alma se aflige, pero no tanto, porque desmuere cada vez que logra vivificar un Poema, darle la impronta del derrotado que nunca pierde la partida. Un hombre sin nada que todavía engendra esa Poesía que nos hace falta.
Bienvenidos estos catorce poemas que responden si les llamas : como Álvaro.
A. P. Alencart
PÁJARO
Al coger en la mano
el pequeño cuerpo
de ese pájaro muerto
siento el tamaño
de mi insignificancia
en este universo
que no me pertenece.
Lo guardo en la tierra
como si fuese un secreto,
así, inerte, sin el vuelo
que dejó de ser.
Lo tengo en mí
como si en mí hubiese
ocurrido su muerte.
Como si fuese en mí que murió
alguna cosa que todavía no sé,
al cogerlo en la mano,
un pequeño cuerpo de pájaro
con el pico inmóvil
como están inmóviles ahora
todas las cosas a mi alrededor.
Lo guardo en la tierra
excavada con una cuchara.
Como si en mí fuese su muerte,
su espanto en los ojos cerrados,
tal fragilidad me asusta,
ala de sombra inmóvil.
El hecho de su muerte,
un pájaro en el huerto,
como si fuese en mí,
porque es en mí que murió
este pájaro que tengo en la mano,
al guardarlo en la tierra
como si me guardase a mí,
ceremonia en la que me permito sentir,
yo y él,
los dos en una hora que se detiene,
como si se detuviese el infinito
tan de pronto
que nadie se da cuenta.
POETA
Cuando murió el poeta
que vivía en mí,
no tuve otra alternativa
que enterrarlo en una maceta
que tengo en el jardín,
como si al ocultarlo de todos
ya no puedan perturbarle
su paz definitiva.
Él anda espiándome
desde esa maceta junto al muro
y todas las noches sale de sí
buscando no se sabe qué.
Poco le sirvió la muerte
porque sigue atrapando
los sielncios de los árboles
y las alas de los pájaros que no alcanza.
Cuando sale de esa maceta
en que lo sepulté,
ese poeta va a descubrirse
en las esquinas de las calles
entre personas
que no saben que él existe.
Y cuando regresa a horas perdidas,
trae el bolsillo lleno de estrellas,
de hojas caídas de las plantas
y de palabras olvidadas.
A veces vuelve cin algunas lunas en las manos
y también trae ríos
que lentos corren
por la orilla del rostro.
Cuando vuelve ese poeta que murió en mí,
vuelve como si no volviese,
queda siempre lejano,
casi desaparecido en el fondo de lo que fui
y encima me golpea:
el poema inacabado en el corte brusco de la poesía
y la poesía brusca en el corte del poema.
Ahora duerme ese poeta que en mí murió,
dentro de la maceta en un jardín que me guarda:
de él guardo secretos y gestos que cultivó,
pero todo está en la memoria:
Así es como perdura la vida.
AQUEL HOMBRE
Soy aquel hombre que no volvió,
que al amanecer salió de su casa
y se perdió para siempre.
Soy aquel hombre de la fotografía en la pared
de la casa cerrada por dentro.
Soy aquel hombre que inventó la tarde,
pero no vio el anochecer.
Soy aquel hombre que se perdió sin saber.
Aquel que no supo nunca,
soy aquel que no supo.
Soy aquel hombre que desapareció,
aquel que creyó,
y al ausentarse de sí mismo
sintió el vacío absoluto de todas las cosas.
Soy aquel hombre que se fue
y que cuando pensó en volver
ya no tenía tiempo
pues sera demasiado tarde.
Soy aquel hombre que se deshizo
después de enloquecer
y que, enloquecido,
intentó rehacer su destino.
Soy aquel que se tragó
un río
y se ahogó adormecido.
Aquel que habló solito
delante del espejo
viéndose del revés.
Soy aquel hombre que hablaba
con las piedras
palabras desesperadas
que saltaban de la boca
como langostas enfermas.
Aquel hombre que conversaba
con los santos
en una iglesia sin puertas
y que decía silencios
en sílabas de yeso.
Soy aquel hombre
que se metió un puñal en el corazón,
como un poeta romántico del siglo 18
Soy aquel hombre casi lírico
que llamaba a los pájaros
para una cena de semillas.
Aquel hombre que oraba
con los ángeles expulsados del cielo,
sin saber que yo estaba
expulsado de mí.
Soy aquel hombre que amó 30 mujeres
y 29 veces se mató por amor.
Soy aquel hombre que al jugar ajedrez
huyó con la Reina
hacia un castillo medieval.
Aquel que delante de Dios
pidió ser destruido,
pero como castigo me dejó vivir más.
Soy aquel hombre que amó
mujeres de porcelana,
con sexo de porcelana,
boca de porcelana,
beso de porcelana,
lengua de porcelana.
Soy aquel hombre de porcelana
que se quiebra como una taza
que cae de la mesa.
Soy aquel hombre hombre que salió
para dar una vuelta
y se olvidó de regresar.
DESTINO
Debo morir en 90 días,
pero hasta entonces podré
plantar cuatro girasoles en mi huerto.
También podré hablar
con algunos pájaros que se perdieron
o andar al azar con mi revólver de plástico.
Debo morir en 90 días,
pero aún tendré tiempo de escribir algunas cartas
aunque nada tenga que decir a nadie.
Sobre mi libertad diré que es consecuencia de mí,
de lo que deseaba hacer y no hice,
como escribir un poema
que me volviese un hombre más humano.
Sin embargo no lo logré,
se me marchó la palabra cuando necesité de ella
y en las manos me quedó un pedazo de cara,
como si de ella necesitase
para entrar en una tienda
o en una farmacia.
Todavía podré repensar algunas cosas
y cambiar las imágenes de lo que creí la vida entera.
Nunca tuve la verdad absoluta
y la poesía solamente fue un equívoco
que no me perdonó,
porque me cortó por dentro
y me hizo sangrar la sangre que ya no tenía.
Debo morir en 90 días,
pero aún tendré tiempo para dibujar
una luna en el techo de mi habitación,
de ayudar a las langostas en la lluvias
y, tal vez, hacer un río en mi jardín
donde pueda mojarme los pies.
No habrá poemas ni encantamientos,
solo las serpientes de mi ocaso
silentes en el fondo del espejo.
Entonces veré mi rostro por última vez
y no me reconoceré
porque soy un extraño de mí,
aquel que me habitó sin mi consentimiento
y consumió para siempre
el alma que ya se fue.
POEMA A FRAY LUIS DE LEÓN
Los poemas hablan con las piedras
entre las sandalias y los dedos heridos.
Hablan con las piedras
palabras que abaten a los pájaros.
Canta el cántico de los cánticos
como si caminase la llanura invisible
que ya no existe.
Las paredes con las que conversa
en la celda que cerca la poesía,
cuando la poesía deja de ser
y la vida se aumenta y se deshace.
Caminar silencios en la boca que arde,
hablar de la ausencia
en la boca de la tarde.
Los días desaparecen en el calendario
y que a cada paso pasa la señal
y se muestra en las ventanas,
gesto que muere en la fosa,
la voz que grita en el tiempo,
la voz que siente y se calla.
Dios está distante en sus recelos,
como escondiéndose en su señal,
ángeles que se cortan y se expulsan
en un dolor que se alucina.
De todos los milagros
el poema es el menor,
pero la poesía
habla al corazón del hombre,
herida abierta en lo rojo del paisaje.
Puñal que clava el sueño de descubrir siempre
esa imagen que no se muestra,
el poema que se hace
en esa aguja que se teje,
el poema que se dice
en el altar de una plegaria.
Va distante el ave pasajera,
va antigua en su vuelo
esa última ave.
Manos que sangran en dedos heridos,
uñas de tierra y semillas,
hombres tristes, perdidos.
Última la palabra que salta de la boca
como si fuese para siempre.
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